El mal pensar

Cuatro personajes de diferentes estatus sociales y personales, pero con algo en común.

Una lucha.

La lucha que hay en el interior de cada hombre. Esa lucha contra los monstruos que la sociedad y ellos mismos han alimentado con el paso de los años. Esto lleva a formas de ser que no son socialmente aceptadas, pero que todos vivimos alguna vez en nuestro interior.

Envidias, maltratos y odio son algunas claves de ese mal pensar que presentan nuestros protagonistas.

 

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A continuación, un breve fragmento de la obra:   

«La chica de la recepción me recibe como siempre.

—¿Todo bien señor Horn?

—Sí, gracias.

Nos dejamos mucho dinero aquí. Hoy parece un día ajetreado. Hay mucho visitante suelto.

Tomo el ascensor. Planta cuatro. Habitación ciento veintiuno. Acaban de limpiar, lo huelo.

Y ella está ahí. Donde siempre. Como siempre. Mirando por la ventana, esperando algo que jamás llega. Viviendo en la bendita soledad.

—Abuela.

Me mira. Sus ojos aún están vivos. Parpadea y sonríe. Me siento en el butacón junto a la cama y tomo su mano.

Sigue estando suave.

Tiembla.

—¿Qué tal todo? —le pregunto.

—…

—He traído flores nuevas, aunque veo que alguien ha estado regando las otras. Qué bien, ¿no?

—…

—Abuela, tengo que contarte algo. Ayer lo pasé muy mal.

Le cuento todo mientras ella sonríe. Es la única a quien puedo contarle todo. Mi válvula de escape.

Mamá murió al darme a luz. Mi padre nunca ha estado en casa. En cambio, ella, la madre de mi madre, se ocupó de mí. Desde recién nacido hasta los dieciséis años. Fue entonces cuando empezó a apagarse.

Aún me reconcome lo mal que me porté con ella cuando era un adolescente malcriado, que lo sigo siendo. Pero si no fuera por mi abuela, yo sería incluso peor de lo que soy ahora.

Ya le he pedido perdón millones de veces. Y ella sonríe todas ellas. Siempre. A todo. A todos.

Todavía quiero pensar que, en el fondo, puede escucharme. Que puede entenderme y, sobre todo, que me sigue queriendo.

Es lo que me gustaría pensar. Lo que quiero pensar.

Y cada semana vengo aquí a estar con ella. Vengo arrastrándome porque es la única con la que puedo hablar. La única que puede escuchar la verdad. Mi verdad.

Solo ella conoce al Roy Horn verdadero. Puede que incluso mejor que yo mismo. Seguro que sí.

Por más que me esfuerzo, solo puedo recordar dos de los consejos que me dio poco antes de enfermar.

Había cogido uno de los coches de papá cuando ni si quiera tenía carnet. Solo quería impresionar a los demás. Solo quería ser alguien entre todos aquellos niñatos pijos. Provoqué un accidente.

Estaba en el hospital con una conmoción. La abuela entró en la habitación trayendo consigo la tormenta.

Y el ceño fruncido.

Hasta el doctor enmudeció a su entrada. Caminó hasta mí. Me observó de arriba abajo. Cogió mi hombro con brusquedad y me miró fijamente a los ojos.

Entonces me abrazó.

Y yo empecé a llorar. A temblar como si fuera un crío. El crío que era.

Luego volvió a mirarme a los ojos.

—Nadie te querrá tanto como la muerte, Roy. Ni tu madre desde el cielo, ni la mujer con la que te cases, ni tu padre. La muerte es la única que te querrá seas quién seas, seas cómo seas, hagas lo que hagas y pienses lo que pienses. No importa cuántos errores, ni cuántas buenas o malas acciones cometas. No importa. Nada le importa más que el que tú estés junto a ella, y el resto de las almas que forman su familia. ¿Entiendes Roy?

Asentí.

—Trata de ponerle el camino lo más difícil posible. Mientras tanto, deja que sea yo quién te quiera.

Sonreía, pero sus ojos decían lo contrario. En parte por lo que había hecho. En parte porque ya sabía lo que le estaba pasando. Porque pronto dejaría de quererme la única persona del mundo que de verdad lo hacía. Porque ya no se acordaría de mí.

Entonces me di cuenta de que es posible llorar sin soltar lágrimas.

—Ojalá pudieras hablar, abuela.

Como siempre, me marcho. Emocionado. Entre aliviado y triste. Me marcho, como siempre».